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lunes, 27 de julio de 2015

Pasajero en tránsito: Texto de la ponencia presentada por la autora en el I Congreso Internacional de Literatura Infantil y Juvenil organizado por el Centro de Propagación de Literatura Infantil y Juvenil (Ce.Pro.Pa.L.I.J.), de la Universidad Nacional del Comahue (Cipolletti, provincia de Río Negro, setiembre de 2001).


Foto de María Teresa Andruetto
Cuál es el lugar de un escritor. Si lugar
significa influencia, importancia práctica,
el arte no ocupa ningún lugar. Utopía
significa precisamente eso: no lugar,
ningún lugar. Un escritor no es sólo un
señor que publica libros y firma contratos
y aparece en televisión. Un escritor es,
un hombre que establece su lugar
en la utopía.
Abelardo Castillo (1)
Entre los africanos, cuando un narrador llega al final de un cuento, pone su palma en el suelo y dice: aquí dejo mi historia para que otro la lleve. Cada final es un comienzo, una historia que nace otra vez, un nuevo libro. Así se abrazan quien habla y quien escucha, en un juego que siempre recomienza y que tiene como principio conductor, el deseo de encontrarnos alguna vez completos en las palabras que leemos o escribimos, encontrar eso que somos y que con palabras se construye. Para escribir una y otra vez lo que nos falta, la escritura nos conduce a través del lenguaje, como si el lenguaje fuera —lo es— un camino que nos llevara a nosotros mismos.
Como la vida misma, todo texto despliega un movimiento desde un punto de precario equilibrio hacia otro equilibrio también precario. Algo penetra en lo que está quieto y su irrupción provoca adhesiones, resistencias, tomas de posición, intentos de recuperar lo perdido o de adquirir algo nuevo, hasta que todo se aquieta otra vez.
Escritura entonces como movimiento, como camino para quien escribe y para quien lee. Camino, migración de un sitio a otro.
Hija de un partisano que llegó desde Italia a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial y mujer de un hombre que debió asilarse en un país europeo durante la pasada dictadura, me fueron narrados con persistencia los cuentos y las cuentas del desarraigo, los costos de pasar de una cultura a otra, de un mundo a otro. Volverse adulto es también haber migrado. Y la migración misma, esa zona de pasajero en tránsito, ese tiempo que hemos dado en llamar adolescencia.
Cuando yo era chicalos corredores eran largoslas mesas altaslas camas enormes.La cuchara no cabíaen mi bocay el tazón de sopaera siempre más hondoque el hambre.Cuando yo era chicasólo gigantes vivíanallá en mi casamenos mi hermano y yoque éramos gente grandevenida de Lilliput. (2)
Migrar de un mundo a otro y adolecer, vivir lleno de faltas en el tránsito. Abandonos precarios, de frase en frase, de sitio en sitio, con la mano extendida a un otro que preste su voz y haga que lo escrito viva. El camino que trazamos sobre la página es el viaje de un deseo: palabra conquistada y a la vez mano extendida, ruego, invitación, pérdida brutal de la palabra.
El que migra, y toda escritura es migración, va hacia un habla que jamás le será dada. De esa pérdida se forma el escribir (3). Falta y no otra cosa es lo que tenemos al comienzo de cada proyecto. Se escribe porque no se sabe, no se comprende. Se escribe para confirmar una y otra vez que no se sabe, que no se comprende. Quien escribe busca una forma para eso que no tiene forma y que por eso es incomprensible, busca un continente para un contenido que siempre se desborda. Y lo que encuentra es una voz apenas, susurro de lo que no se sabe decir, de lo que no se puede decir, de lo que nadie enseña a decir.
¿Por qué escribir entonces en busca de lo que se nos está negado? Para un buscador de oro, el placer está en buscar. Un escritor es un buscador cuyo placer más puro es encontrar entre miles de palabras, las palabras. Esa es la única explicación que he encontrado para mí a lo largo de los años. Cuando dejamos de buscar, cuando se pacifica la relación con el lenguaje, éste deja de decir nuestra falta, eso que nos largó al camino de la escritura. Deja de decir y de decirnos; se vuelve contra nosotros.
¿Un escritor domina las palabras? Más bien se podría decir que un escritor tiene problemas con las palabras, que las ha convertido en su problema. Encuentro y pérdida permanente, palabras bailando en una boca muda. Así, como quien no puede pero de igual modo lo intenta, el escritor escribe el deseo del otro.
La escritura se convierte entonces, como la vida misma, en un atravesar, narración de viaje para liberarnos de las cosas no evitándolas sino atravesándolas, como quería Pavese (4). Por eso la permanencia de la novela de formación, aquella estructura narrativa nacida en el marco del romanticismo alemán, en la que un personaje se construye a sí mismo en el tránsito. El héroe comienza a delinearse ante nosotros a partir de una carencia. Como en el comienzo de los tiempos, deberá sortear pruebas. No tres, no siete, sino cientos de pequeñas pruebas hasta llegar a ese centro preciado e ilusorio que es el encuentro de cada uno consigo. Precario, provisorio centro de la vida. ¿Quién es ése que viene con nosotros y llega ahora al final de la novela? ¿Ése que al comienzo era un niño, un muchachito? Es un hombre. Como cada uno de nosotros. Un hombre singular y a la vez un hombre como todos. Sencilla verdad eternamente repetida.
Si todas las novelas se pueden reducir en última instancia, a dos formas: la que gira en torno a un centro y la que desplaza los sucesos de un sitio a otro (la novela de enigma y la de viaje), entonces la novela de viaje —ya se trate de las que narran un viaje interior o de las llamadas novelas de camino—, se presenta como una arquitectura ideal para los más jóvenes, entre otras cosas porque todo sufrimiento está allí protegido por la convicción de que se atravesará de un modo o de otro la zona de tránsito.
¿Estructura demasiado convencional? Toda escritura es experimental, ya que constituye, si es genuina, una exploración intensa de la palabra y una experiencia profunda en el seno de uno mismo. La verdadera originalidad, es una huida de la repetición de uno mismo, de la copia de uno mismo; y consiste en entender cada proyecto de escritura como una exploración nueva (nueva para uno, quiero decir) en el seno de la palabra, como una intensificación de la experiencia, porque se escribe contra la lengua, contra lo lingüísticamente correcto, contra lo políticamente correcto, se escribe contra todo y sobre todo contra nosotros mismos, violentando el lenguaje y violentándonos, buscando la salida de eso que somos en las rajas que se producen entre una palabra y otra, buscando aquello que entre una frase y otra, en esa grieta que no es silencio ni voz, aparece (5).
¿Inventar o descubrir?. Mirar sobre todo. Mirar con intensidad para dar cuenta de lo que se mira, porque la escritura (como la lectura) depende del mundo que se haya contemplado y de la forma sutil en que se ha incorporado la experiencia para percibir la complejidad y el intrincamiento de la apariencia. Porque el arte es un método de conocimiento, una forma de penetrar en el mundo y encontrar el sitio que nos corresponde en él (6).
El peligro de ayer era lo que dimos en llamar —con una palabra cliché— el didactismo, un ejercicio de lenguaje autoritario del adulto sobre el niño. Hoy, como enLa historia interminable de Michael Ende, el peligro es el vacío, el crecimiento desmesurado de la nada; de eso dan cuenta tantos libros que se editan anualmente, no sólo en el campo de la literatura para los chicos.
En lo personal, me gusta mucho cierta literatura de sugerente enseñanza, desde los relatos arquetípicos hasta los cuentos sufíes, y no me da temor su carácter docente porque apuesto todo, o casi todo, a la sugerencia del lenguaje y a la posibilidad de romper por esa manija lo esperado, lo previsible, lo correcto, para que el texto se abra acaso alguna vez a múltiples lecturas. Me gusta la idea de trabajar a partir de ese material desechado, la literatura moralista que nutrió durante muchos siglos el narrar de los pueblos. En los cuentos de El anillo encantado partí a veces de historias un poco aleccionadoras (el amor vale más que las diferencias de clase, o se puede ser feliz sin tener nada) y, como quien hace pátinas sobre un mueble nuevo hasta convertirlo en viejo, caminé hacia ese pequeño libro. Porque un libro es un viaje que se hace a partir de capas y capas de escritura, de sucesivas obediencias a la forma, para lograr un tono, para buscar un ritmo, para que suene bien, para que se vuelva familiar lo que era extraño, para que se vuelva extraño lo que era familiar, buscando que lo conocido se rompa, se esmerile, estalle, buscando en fin una ruptura que deje ver por debajo algún resplandor de eso que llamamos vida.
¿Apenas si tenemos una frase? Puede ser suficiente para tirar del hilo, para empezar a devanar la historia. Fragmentos, meandros, derivaciones en las que un testimonio se pierde, y entre esos meandros alguien dice la palabra de un comienzo. A veces no hay ni tan siquiera eso y entonces la escritura se evidencia en su condición de pura espera del otro, lenguaje narrando el vacío del otro, boca que espera una escucha, letra ofrecida a los ojos de un lector.
Corregir un texto es un trabajo espiritual, una empresa de rectificación de uno mismo, decía Paul Valery. Corregir entonces para liberarnos de lo adecuado y de lo correcto, de la mimetización con los autores más exitosos, de lo que se vende, de lo que quiere la escuela, de la necesidad de parecer escritores, del deseo de ser inteligentes o informados o... Liberarnos en fin de tantos lastres, para encontrar en algún momento, si se persiste y si se es afortunado, esa moneda de oro que es la vida. Hay sí, una ética de las formas: eso es en su sentido más puro una estética. Trabajar encarnizadamente la forma para que se ajuste al movimiento que traza la vida. Escribir más allá o más acá de las exigencias del mercado. Abrir siempre nuevos espacios personales, exploraciones nuevas de escritura y de lectura. Escribir para el encuentro verdadero con un lector. Escribir siempre para lectores únicos, para decenas o centenas o millares de lectores únicos. Trabajar sobre todo contra la repetición de uno mismo, contra la mercantilización del deseo, contra el vaciamiento de las formas, desde la permanente búsqueda, desde el movimiento permanente, desde el constante desacomodo, aunque se nos haga a menudo cuesta arriba. Escribir en fin para el lector que quisiéramos ser, para un lector que en lo más íntimo de nosotros respetamos más allá de su condición y de su edad, un lector siempre más grande y más intenso que nosotros mismos. Escribir por puro afán de exploración, por el solo deseo de transitar nuestras reservas salvajes. Escribir para buscar, abiertos siempre al descubrimiento, al riesgo, a la sorpresa. Escribir sin miedo a las expulsiones del palacio, ni a las expulsiones del templo, cualesquiera sean los palacios y los templos de turno. Sin miedo al abandono de los lectores, ni al de las editoriales. Sin miedo a quedar fuera de la escuela o del mercado. Sin miedo, en fin. Escribir lejos de la repetición de lo exitoso, producido por los otros o por nosotros. Cuidarnos de todo y, sobre todo, cuidarnos de nosotros mismos. Prescindir de todo lo que no sea el camino. Ser siempre el caminante, el que todavía no ha llegado a destino, el pasajero en tránsito, el que atraviesa la reserva, el buscador de oro, para que la escritura acaso alguna vez sea. Para que alguna vez, tal vez, dibuje un texto y lo haga florecer como un árbol.
Cuando comencé a ocuparme y preocuparme de la literatura para los chicos, esto es a comienzos de los ochenta, parecía sencillo distinguir a los buenos de los malos escritores y a los buenos y los malos textos, a las buenas y las malas editoriales. Hoy esto no parece tan sencillo, toda vez que autores y editoriales de prestigio, prestan también su nombre o su sello a textos pobres. Hace veinte años, el problema de los que trabajábamos en este campo era instalar la literatura infantil y el hábito de la lectura en la escuela y sembrar esa conciencia en los docentes. Hoy el desafío enorme que nos toca como escritores, como lectores, como docentes, como especialistas es seleccionar y enseñar a seleccionar, con conocimiento y criterios personales, los buenos libros, en el mar de libros que se editan, criterios que sean capaces de ir más allá de las recomendaciones editoriales, de la publicidad, de los índices de venta y de los nombres consagrados. Hoy, más que nunca, se vuelve necesario ejercer nuestro personal derecho a disentir, a elegir, a ejercer el poder de lectores sobre lo que se nos vende o se nos intenta vender.
¿Para qué escribir, para qué leer, para qué contar, para qué elegir un buen libro en medio del hambre y las calamidades? Escribir para que lo escrito sea abrigo, espera, escucha del otro. Porque la literatura es todavía esa metáfora de la vida que sigue reuniendo a quien dice y quien escucha en un espacio común, para participar de un misterio, para hacer que nazca una historia que al menos por un momento nos cure de palabra, recoja nuestros pedazos, acople nuestras partes dispersas, traspase nuestras zonas más inhóspitas, para decirnos que en lo oscuro también está la luz, para mostrarnos que todo en el mundo, hasta lo más miserable, tiene su destello.
Como aquel pintor de la antigua Corea, de quien se dice que pintaba árboles que los pájaros confundían con verdaderos.

Pavese: poesías de Maria Teresa Andruetto

RESEÑA DEl LIBRO: la mujer vampiro.

María Teresa AndruettoIlustraciones de Lucas Nine.
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2001. Colección Cuentamérica.
Portada de "La mujer vampiro"
"Viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras."
Adolfo Bioy Casares (1)
Los cuentos de miedo ocupan una buena parte de los relatos tradicionales en todas las culturas. Quizás, como señala el prólogo de La mujer vampiro, porque "las historias de miedo nacen de la necesidad de hablar de esos miedos, de enfrentarlos a través de las palabras".
Los cuentos de La mujer vampiro construyen para el lector un mundo cercano, identificable en la "realidad" (2), poblado de elementos familiares. En ese mundo cotidiano irrumpen seres sobrenaturales o fenómenos inexplicables, en muchos casos originarios del relato de la tradición oral, como sucede con El Miquilo en "Tatita, córteme las uñas". Éste y "Un viaje en taxi" tienen a Felipe por narrador. El lector se familiariza con el niño hincha de Belgrano que acompaña a su tío Manolo en el taxi, transitando lugares representativos de la ciudad de Córdoba. El tío Manolo puede predecir el destino de cada viaje, conoce su profesión y su ciudad. Pero aún en la ciudad conocida hay avenidas desiertas, y una extraña mujer vestida de blanco con un ramo de flores rojas como una mancha de sangre. En un mundo doméstico y creíble sucede un hecho increíble, irrumpe lo inexplicable, el fantasma.
"Tatita córteme las uñas" es una recreación de relatos populares con El Miquilo, un diablo autóctono de las sierras cordobesas, como personaje. Esta segunda historia de Felipe derrumba las certezas del padre escéptico que no creía en "cosas raras".
En "El guante de encaje", también basado en un cuento popular y ambientado en el paisaje de la llanura cordobesa, el fantasma de una joven deja constancia de su paso por el mundo de los vivos a través del objeto olvidado. A la inversa, en "La mujer vampiro" una persona común es confundida con un ser sobrenatural, y en torno al mito surge la leyenda popular. Se desdibujan así las diferencias entre lo real y lo imaginario.
Con el personaje de Doña Rosa la Lonera, en "Los sueños de José" ingresa la locura como otro elemento habitual del relato fantástico que nos arrastra fuera de los límites de la racionalidad. En este cuento se transgreden las fronteras entre el sueño y la vigilia a través de las marcas que los diabólicos latigazos dados en sueños, dejan en el cuerpo del niño.
También en "Una sombra negra" el sueño será el espacio del mundo fantástico. En la pesadilla que se repite cada noche, un niño al que se le ha muerto recientemente su madre, se ve atraído por una enorme sombra que no llega a revelar su identidad. La voz de su madre en el teléfono previniéndolo de las consecuencias fatales del sueño, provoca la coexistencia de planos habitualmente irreconciliables: sueño-vigilia, vida-muerte.
En "Albóndigas de pescado", el último cuento del libro, el pícaro resulta burlado por el propio fantasma. Se reúnen de este modo el humor y lo sobrenatural.
Enmarcados en la colección "Cuentamérica", en los cuentos de La mujer vampirohallamos elementos del relato tradicional, en sus personajes sobrenaturales, en la recreación del cuento popular... Junto a estos elementos de la tradición oral el lector descubre nombres, personajes, lugares geográficos, objetos identificables con su realidad cotidiana. La irrupción de lo extraño o sobrenatural en el mundo conocido produce el efecto propio del género fantástico: la desarticulación de las seguridades a partir de las cuales percibimos la realidad. En la coexistencia de mundos irreconciliables, lo conocido, lo rutinario revela roturas y brechas por las que asoma lo desconocido, lo inquietante, lo siniestro. Los lectores se adentran así en las características propias de un género en el que miedo no se limita a la enunciación de personajes, acciones o lugares del terror.
En palabras de Ana María Barrenechea, en el relato fantástico "se postula la realidad de lo que creíamos imaginario y por lo tanto la irrealidad de lo que creemos real. Por deducción lógica o por contagio del mundo del misterio se llega a dudar de nuestra propia consistencia"(3)
Recomendado a partir de los 10 años.
Marcela Carranza

El guante de encaje

martes, 21 de julio de 2015

La mujer del moñito

Hacía poco tiempo que Longobardo había ganado la batalla de Silecia, cuando los príncipes de Isabela decidieron organizar un baile de disfraces en su honor.
El baile se haría la noche de Pentecostés, en las terrazas del Palacio Púrpura, y a él serían invitadas todas las mujeres del reino.
Longobardo decidió disfrazarse de corsario para no verse obligado a ocultar su voluntad intrépida y salvaje.
Con unas calzas verdes y una camisa de seda blanca que dejaba ver en parte el pecho victorioso, atravesó las colinas. Iba montando en una potra negra de corazón palpitante como el suyo.
Fue uno de los primeros en llegar. Como corresponde a un pirata, llevaba el ojo izquierdo cubierto por un parche. Con el ojo que le quedaba libre de tapujos, se dispuso a mirar a las jóvenes que llegaban ocultas tras los disfraces.

Entró una ninfa envuelta en gasas.
Entró una gitana morena.
Entró una mendiga cubierta de harapos.
Entró una campesina.
Entró una cortesana que tenía un vestido de terciopelo rojo apretado hasta la cintura y una falda levantada con enaguas de almidón.
Al pasar junto a Longobardo, le hizo una leve inclinación a manera de saludo. Eso fue suficiente para que él se decidiera a invitarla a bailar.

La cortesana era joven y hermosa. Y a diferencia de las otras mujeres, no llevaba joyas sino apenas una cinta negra que remataba en un moño en mitad del cuello.

Risas.
Confidencias.
Mazurcas.

Ella giraba en los brazos de Longobardo. Y cuando cesaba la música, extendía la mano para que él la besara. Hasta que se dejó arrastrar, en el torbellino del baile, hacía un rincón de la terraza, junto a las escalinatas. Y se entregó a ese abrazo poderoso.
Él le acarició el escote, el nacimiento de los hombros, el cuello pálido, el moñito negro.

-¡No! –dijo ella-. ¡No lo toques!
-¿Por qué?
-Si me amas, debes jurarme que jamás desatarás este moño.
-Lo juro –respondió él.
Y siguió acariciándola.

Hasta que le deseo de saber qué secreto había allí le quitó el sosiego.
Le besaba la frente.
Las mejillas.
Los labios con gusto a fruta.
Obsesionado siempre por el moñito negro.
Y cuando estuvo seguro de que ella desfallecía de amor, tiró de la cinta.

Tiró de la cinta.
El nudo se deshizo.
Y la cabeza de la joven cayó rodando por las escalinatas.


viernes, 2 de noviembre de 2012

Sus libros




Libros para niños y jóvenes
El anillo encantado. Ilustraciones de Patricia Melgar. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1993. Colección Pan Flauta.
Misterio en la Patagonia. Ilustraciones de Huadi. Buenos Aires, Editorial Libros del Quirquincho, 1994. Colección Letra Negra. Existe también una edición especial, distribuida con el diario Página/12; Buenos Aires, septiembre de 1996.


Historia de Nato y el caballo que volaba. En colaboración con Perla Suez. Buenos Aires, Aique Grupo Editor, 1993. Colección El Trébol Azul.
¿Qué es eso del rock? Una poesía al alcance de todos los bolsillos (Literatura informativa). Buenos Aires, Editorial Libros del Quirquincho, 1993. Colección Cuadernos de Piedra Libre.

Un árbol florecido de lilas. Córdoba, Editorial Nuevo Siglo, 1995. Colección Dulce de Leche. Editado también en ediciones especiales distribuidas con los diarios: La Voz del Interior (Córdoba); Río Negro (Gral. Roca, provincia de Río Negro); La Nueva Provincia (Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires); La Gaceta (Tucumán); El Litoral (Santa Fe). Como cuento, "Un árbol florecido de lilas" fue incluido en la antología Una fila de cuentos (Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1994. Colección Libros del Malabarista). Traducido al alemán por Monika Döppert, e incluido en la publicación Gustav Adolf Kinderkalender (Leipzig, Alemania, 1998).


Huellas en la arena. Ilustraciones de Patricia Melgar. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1997. Colección Pan Flauta.


Stefano. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1997. Colección Sudamericana Joven. Traducido al alemán por Jochen Weber (Basilea, Editorial Atlantis; Colección Baobab. En prensa).

Colección Fefa es así. Idea original, guión y textos de María Teresa Andruetto. Ilustraciones de Istvan. Buenos Aires, Editorial Altea, 1998. Incluye: Amoríos, Caballito al viento, De golpe, Palabras

¡Dale Campeón! Ilustraciones de Mayté Saine. Córdoba, Sicornio Editorial, 2000. Colección Ring Raje. Actualmente este libro forma parte del catálogo de Ediciones Garabato (Córdoba, 2001). Como cuento, "¡Dale Campeón!" fue incluido en la antología 8 cuentos 8 (Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1993. Colección Libros del Malabarista). Versión musicalizada en CD a cargo de la cantante y narradora Coqui Dutto.

La mujer vampiro. Ilustraciones de Lucas Nine. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2001. Colección Cuentamérica.

Benjamino. Ilustraciones de Didi Grau. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2003. Colección Pan Flauta.


El país de Juan. Madrid, Editorial Anaya. Colección Sopa de Libros. (En proceso de edición.)

Libros para adultos
Hualacato (Obra de teatro). En 1983 realizó, en colaboración con Toto López, la adaptación teatral de la novela El vuelo del Tigre, de Daniel Moyano. Con el nombre de Hualacato, se presentó en el mismo año en una sala de teatro independiente de la ciudad de Córdoba.
Palabras al rescoldo (Poesía). Córdoba, Ediciones Argos. 1993. Segunda edición, con dibujos en tinta realizados por Liliana Menéndez (Córdoba, 1999).
Tama (Novela). Córdoba, Editorial de la Municipalidad de Córdoba, 1993 (Premio Luis de Tejeda/92). Segunda edición: Córdoba, Editorial Alción, 2002.
Ahora que viene el tiempo de los pájaros. (Plaquetas del herrero). Villa María, Córdoba, Ediciones Radamanto, 1996.
Pavese y otros poemas. Córdoba, Ediciones Argos, 1998. Segunda edición digital: El heresiarca y Cía. Libros electrónicos. (Rosario, 2000).

El secreto de Rembrandt (Plaqueta). Córdoba, Ediciones Llanto de mudo, 1998.
Desnuda en la tienda (Plaquetas del herrero). Villa María, Córdoba, Ediciones Radamanto, 1999.
Happy Birthday. Córdoba, Ediciones artesanales Calamita, 2000.
Kodak. Córdoba, Ediciones Argos, 2001. Edición digital: Biblioteca Virtual Beat 57
Poemas/ Poèmes (CD con poemas en castellano y en francés). Las versiones en castellano en la voz de la autora. Dirección de colección Pablo Urquiza (París, Francia, Ediciones musicales Abrapampa, 2001).
Enero (Obra de teatro en dos actos). Representada en: 2do. Encuentro Nacional de Teatro Semimontado (Buenos Aires, Teatro Cervantes, noviembre/diciembre de 2001); por el Grupo La Huella, con dirección de Juan Badra (Córdoba, diciembre de 2001); participación en el ciclo Teatro por la Identidad 2002 (en cinco teatros de la ciudad de Córdoba, marzo a julio de 2002); por el Grupo La Huella, con dirección de Juan Badra (Córdoba, Teatro El Cíclope, mayo y junio de 2002).


Todo movimiento es cacería (Cuentos). Córdoba, Editorial Alción, 2002 (Su contenido fue parcialmente editado en antologías, revistas literarias y sitios de internet).